La familia de papel y tinta
Hay familias que heredan apellidos.
La mía heredó un oficio. Y una forma de mirar el mundo.
Porque antes de que yo supiera leer, ya estaba rodeada de historias. No solo las que se cuentan en los libros, sino las que se cosen, se imprimen, se manchan de tinta y se transmiten casi sin querer, como un secreto compartido en la sobremesa.
Mi historia —o la nuestra— empieza mucho antes de que existiera Libracos. Mucho antes incluso de que existiera la imprenta de mi abuelo Luis.
Empieza en Francia.
Louis Alfred Coullaut Boudeville llegó desde Nantes a Sevilla como ingeniero civil, de los que trazaban ríos y levantaban puentes. Pero en aquella época, la ingeniería también era un oficio: dibujar, pintar mapas, entender la materia. Y entre planos y cauces, aprendió —o quizás ya traía consigo— el lenguaje de la impresión y la encuadernación.
Ahí empezó todo.
Formó una familia y sembró una idea: que el conocimiento también se trabaja con las manos. Mandó a sus hijos, León y Lorenzo, de vuelta a Nantes a aprender lo mismo que él. Y ellos, al regresar, no solo trajeron técnica. Trajeron intención.

“No heredamos una historia. Aprendimos a hacerla con las manos.”
Madrid fue el siguiente capítulo.
Uno eligió la escultura. El otro, la litografía.
Y en la Plaza de los Mostenses empezó a tomar forma algo más grande que un taller.
Porque los talleres, cuando son de verdad, nunca son solo talleres.
Mi bisabuelo León montó su litografía junto a Ana. Y aunque muchos no lo supieran —porque estas cosas casi siempre pasan en silencio—, era ella quien daba color a las estampas. León era daltónico.
Y cuando él faltó, Ana no cerró.
Siguió.
Viuda, con ocho hijos, convirtió el taller en algo aún mayor: catorce empleados, cuatro hijos aprendiendo el oficio, una vida entera sosteniéndose sobre papel, tinta y carácter.
Al otro lado de la Gran Vía, casi como si Madrid tejiera su propia simetría, mi otro bisabuelo, Eduardo Cotelo, enseñaba caligrafía árabe en la Escuela de Artes y Oficios.
De él viene la tinta.
De ella, el color.
De todos ellos, la obsesión por construir con las manos.
Mi abuelo Luis —uno de aquellos hijos formados entre rodillos y piedras litográficas— continuó el camino. Y junto a Mercedes Cotelo, amante incansable de los libros y las historias, siguieron alimentando esa forma de vivir: entre páginas, entre manos, entre memoria.
Mi madre creció allí arriba, en el piso de encima de la imprenta.
Y yo crecí escuchando sus historias.
Historias que no eran cuentos, pero lo parecían.
La imprenta cerró cuando yo apenas tenía un año.
Pero hay cosas que no se cierran nunca.



